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Laguna Beach y Driftwood Kitchen, perfecta combinación

Decidí pasar el día en Laguna Beach, pues ya eran varias las personas que me habían recomendado visitar esa pequeña ciudad a unas escasas dos horas de Los Ángeles. La verdad que fue un día perfecto. El aire que se respira es completamente diferente al de L.A. Y es que cuando llevas un tiempo viviendo aquí, se agradece encontrar un sitio así donde poder escaparse de vez en cuando.

Al ser una ciudad tan recogida, con playa pero también montaña, hace que te transportes a Europa. A mí, concretamente me recordó un poco a Niza en versión diminuta, con sus casas construidas en la montaña.

Caminando por la calle principal, me encontré un pequeño pasadizo llamado «Peppertree Lane». Una cucada de sitio oiga, pero lo mejor, la tienda de chocolates llamada «La rue de chocolat». Tienen todo tipo de bombones y dulces hechos con chocolate, versión mini para aquellos que prefieren probar diferentes tipos, o tamaños más comunes para los más golosos. La cuestión es comer!

Yo decidí esperarme a probarlos, pues iba buscando un sitio donde comer, a poder ser con vistas al mar y terraza claro está. Solo tuve que caminar unos 10 minutos hasta encontrarme por casualidad con «Driftwood Kitchen». Fue la guinda del pastel, sin este descubrimiento, no habría valorado tanto Laguna Beach. Para empezar, las vistas eran perfectas, la terraza daba directamente a la playa. Y no me refiero a 100 metros no, hablo de estar sobre la misma arena de la playa, pero en altura.

La carta fenomenal, pero yo no podia dejar de probar el tartar de atún, que en esta ocasión lo presentaban como en una especie de tacos. El resultado, espectacular. El «yellow fin» acompañado de una salsa de aguacate con huevas con su correspondiente taco crujiente, le daba al plato una mezcla de texturas brutal. La lástima es que tuve que compartirlo. Pero, gracias a esto pude probar la pasta de langosta con carbonara, que de hecho estaba buenísima. Sabor potente, langosta tierna y de buena calidad, no como otras que suelen quedan más duras o difíciles de masticar.

Los mejillones, brutales. No solo por su calidad, pues estaban realmente tiernos, si no por su salsa con un ligero toque de coco.

He de decir, que en general fue una comida redonda. Plato a compartir, dos entrantes y postre. Regado con unas mimosas y un Albariño de España, concretamente «Paco y Lola» (tenía que aprovechar, pues no se suelen encontrar por aquí), todo por 107,76$. Eso sí, solo en las bebidas contamos 34$ pues aquí el alcohol se paga bastante caro.

En definitiva, un lugar para volver y disfrutar.

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